domingo, 29 de mayo de 2016

Palavicini: construcciones y deconstrucciones

Mi colaboración para Confabulario del 29 de mayo de 2016.



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Palavicini: construcciones y deconstrucciones de un país

POR AGUSTÍN SÁNCHEZ GONZÁLEZ

Recién comenzaba a estudiar la carrera de historia cuando vi Jonás, que cumplirá los 25 en el año 2000, una película del cineasta suizo Alain Tanner. En ella aparecía un profesor que en su primer día de clases, para explicar la historia, mostraba una larga salchicha afirmando: esta es la historia.

Ante el azoro de los alumnos, tomaba un machete y lo cortaba en trozos. Cada pedazo, decía, es para poderlos estudiar mejor, pero todo esto -mostraba el salchichón- es parte de lo mismo.

Jamás me olvidé de esa lección, me resulta imposible ignorar esa imagen.

Nos educaron con una historia fragmentada donde los hombres de la Revolución, por ejemplo, nada tenían que ver con los hombres del Porfiriato o de la Reforma, pero cuando uno lee algunas biografías, se entera de que no es verdad: Madero pertenecía a una familia de terratenientes porfiristas lo mismo que Carranza, y ambos rompen ese proceso; igual sucede con los intelectuales y pensadores como Justo Sierra, a quien hoy nadie cuestionaría como porfirista (fue ministro de Educación de Díaz), o de uno de los padres de la literatura mexicana, Ignacio Manuel Altamirano, que fue embajador del dictador Porfirio Díaz.

Ello no los hace mejores o peores, tan sólo los coloca en una dimensión diferente para entender los propios procesos históricos e ideológicos; es la enorme salchicha de Tanner que ha sido fragmentada sin comprender que la carne y la sangre de que está hecha es la misma en un pedazo u otro.

Ahora releía, por el inminente centenario de EL UNIVERSAL, a un intelectual que ha sido poco valorado entre los pensadores de nuestra historia, a pesar de ser un baluarte fundamental de nuestra modernidad. Se trata del fundador de este diario, Félix Fulgencio Palavicini, un tabasqueño cuya visión y concepción del país tiene que recobrarse para tratar de entender lo que somos.

Con una vasta bibliografía, a Palavicini le sucede lo que a muchos otros pensadores, que por no estar en el pináculo académico o cercano a los grupos intelectuales de poder (o de moda) se les suele excluir de las historias del pensamiento o de los intelectuales que reflexionaron sobre nuestro ser.

Curioso que un hombre que fundó el primer gran diario moderno de México, que fue constructor fundamental de la Constitución Política de 1917, quien prácticamente convocó a la misma; que fue secretario de Educación (de Instrucción Pública y Bellas Artes, era su puesto), diplomático, autor de más de una docena de libros y un hombre cercano a dos de los próceres de la Revolución (Madero y Carranza), sin embargo sea un personaje al que poca gente recurre para estudiar lo que somos (ahora mismo recuerdo a Alfonso Taracena, también tabasqueño, también excluido, con una vasta obra y colaborador de toda la vida de EL UNIVERSAL).

Palavicini, pues, debería volver a leerse o tal vez sólo leerse. Justamente, uno de esos libros, es un ensayo llamado Estética de la tragedia mexicana (México, 1933), donde concluye que “nuestro primer deber es conocernos, estudiarnos a fondo, para saber cuál es el elemento humano de que se dispone, y con tales factores, discurrir sobre su organización social y política”, escribe y eso es lo que describe a lo largo de 190 páginas en donde plasma una serie de definiciones del ser del mexicano, dentro de una polémica que por entonces se gestaba, en tanto aparecían diversos textos con ese mismo tema, como El perfil del hombre y la cultura en México, de Samuel Ramos, publicado en 1934.

Miembro de una generación que vivió los últimos años del Porfiriato y los primeros de la Revolución, incluso hasta su institucionalización, nos mira desde el piso de abajo, de los iguales y diferentes.

Formado en el positivismo porfirista, aún su visión sobre lo mexicano parte de la cadena de procesos históricos y de la reivindicación (y complemento) de las razas que pueblan este país. “En sus luchas por la libertad y el gobierno, le faltan al pueblo mexicano muchas etapas por recorrer para conquistar el equilibrio”, escribe, dejando atrás el dogma positivista de que muy pronto llegaríamos al progreso, identificando este con el porfirismo.

Cuestionable, como todo texto inteligente que se lanza para la discusión, parte de un principio optimista, tan ajeno al mexicano actual al que todo le parece negro; para Palavicini, la grandeza mexicana estriba en la tragedia misma. “El constante despego por la vida, la falta permanente de temor a la muerte, el amor por lo fluctuante y lo inestable; el peculiar olvido del pasado; el goce glotón del presente y el altivo desdén del porvenir, son cualidades estéticas del carácter del mexicano”.

A la estética contrapone lo pavoroso, como las matanzas de Alvarado, las traiciones de Picaluga o Huerta, y ante lo pavoroso, muestra lo patético.

Hay que conocer la estética de la tragedia para poder avanzar, para poder conquistar el equilibrio. Palavicini cree en la democracia y para ello, dice y está convencido, hay que mejorar la educación, no únicamente la elemental, hay que fomentar una alta cultura universitaria.

En uno de sus capítulos, Palavicini habla del humor mexicano, de la sátira popular pues, dice, nuestro pueblo “tiene una gracia peculiar para encontrar el aspecto cómico de todas las situaciones políticas”.

Resulta un tanto asombroso que alguien recobre esa temática para entender lo mexicano. Muy pocos autores lo han hecho: Juan José Tablada o Carlos Monsiváis, por ejemplo.

Palavicini recobra una serie de chistes realizados a costillas de dos personajes con quienes compartió convicciones, militancia e historias y que forman parte de nuestro panteón de héroes: Madero y Carranza.

Rescata una idea que vengo pregonando: la sátira y el humor dan una idea exacta de la vida histórica de México. Así, publica una Primera carta abierta a don Pancho I. Madero:

Mi apreciable presidente
demócrata y popular
que no sabes gobernar
aunque sí hacer aguardiente:
en estilo reverente
me permito aconsejarte
que procures rodearte
de quien alce tu labor;
si no, márchate mejor
con tu música a otra parte.

Hay muchos ejemplos más, pero ello muestra a un autor que, sin dogma alguno, sabe encontrar el chiste, literalmente hablando, de nuestra historia.

En otra parte, escribe pequeñas semblanzas de los personajes de nuestra historia. Resulta interesante su visión de la conquista, no como una violación como con frecuencia se habla sino como un acto de amor: “del beso de Hernán Cortés y la Malinche surgió el mestizaje inquieto, vigoroso y activo, que en todo este continente prolonga las glorias de una raza”, esta visión tal vez explique el olvido hacia Palavicini pues tenemos un siglo pensando lo contrario, asumiéndonos como indígenas y rechazando nuestra raíz hispana, sin entender que la conformación de este país no se finca ni en el origen europeo ni mucho menos en una mirada derrotista, de raíz indígena, como señala el sentir popular, sino en el crisol de pueblos que han formado lo que somos los mexicanos.

En tiempos de globalización, de momentos históricos vertiginosos, hay que leer a estos personajes que hace un siglo pensaban o soñaban con un país al que, más allá de su propio optimismo, le falta mucho por avanzar, aunque haya dado pasos importantes en estos cien años.

*FOTO: Félix F. Palavicini fue un firme defensor de la educación integral como camino hacia la democracia/ Archivo EL UNIVERSAL.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Una vecindad enorme, México-Tenochtitlan

Un día como hoy, 25 de mayo, San Nabor se llevó a Don Gabriel Vargas, he aquí un texto que publiqué entonces en Laberinto, de Milenio Diario 


La Ciudad de México no sería la misma sin la mirada de Gabriel Vargas, capaz de captarla en todos sus detalles. Con un texto que parte de su mural Día del tráfico y otro que recupera el singular lenguaje de los personajes de La Familia Burrón, continuamos este mínimo homenaje al genial dibujante.

Si la Ciudad de México no hubiera existido, Gabriel Vargas la habría inventado.

Durante más de sesenta años, desde 1948, semana a semana, los mexicanos nos enteramos de nuestras propias andanzas a través de los personajes creados por un hombre que fue un autentico “burrón”, pues trabajaba día y noche para recuperar esas historias que le pasaban por la mente, esas imágenes que veía, sentía, palpaba, leía.

Desde niño observaba todo, entonces ya era un genio, que asombraba a todos sus hermanos que veían cómo él miraba el mundo y, mejor aún, cómo lo plasmaba en un papel a pesar de que su mamá le prohibía dibujar.

Vargas, nació en Tulancingo, Hidalgo, en 1915, pero fue un chilango desde los seis. Contaba quince años cuando realizó un cuadro que retrata la vida de la Ciudad de México en 1930, cuando comienza su despegue hacía la preposmodernidad, y en el país la institucionalización de la Revolución, tras el asesinato de Álvaro Obregón y el nacimiento del partido que nos gobernaría más de setenta años.

Se trata del Día del tráfico, donde Vargas traza un dibujo que muestra una de las calles más importantes de la ciudad, Avenida Juárez, otrora Hombres Ilustres. Cursaba el sexto año de primaria, en la escuela Antonio Menéndez, ubicada en San Ildefonso 99, casi frente al Colegio de San Pedro y San Pablo, donde estuvo la Hemeroteca Nacional.

Es una larga tira de papel, que bien podría equipararse a la tira de la peregrinación azteca, que mide sesenta centímetros de ancho por ciento sesenta de largo, en donde aparecen más de cinco mil personajes en las más diversas posiciones, así como un sinfín de detalles que denota su asombrosa capacidad para observar.

Eran las calles de hace ocho décadas, era una ciudad llena de sombreros de charros, cachuchas, bombines; era una calle donde las flappers habían sentado sus reales.

Era ya una ciudad donde la publicidad tomaba la calle y se veían anuncios de cigarros, de periódicos, sin faltar los carteles pegados en la pared.

Es la ciudad en 1930, donde un “apache” carga a otro; se miran pobres mientras los ricos viajan en tres lujosas diligencias; aún se encuentran mezclados personajes con ropas de campo, al lado de lagartijos y fifies.


En este tímido retrato, Vargas descubre un microcosmos, que al sumarse a otros forma el macrocosmos, la Ciudad de México que cabe en un pequeño cuadro o en 32 páginas de una historieta.

Esa es la misma ciudad que aparece en La Familia Burrón, la chica con vestimenta y calzado al estilo del charleston pudo haber sido la aristócrata señorita Borola Tacuche, y el hombre con sombrero de bombín, zapatos de dos tonos, el joven Regino Burrón.

Una pareja que tiene un encuentro amoroso, a pesar de que ella es una aristócrata y él un hombre humilde, y que logran cristalizar su amor a pesar del rechazo de la tía milloneta y de percepciones opuestas acerca de la vida, la conservadora de Regino, contra la rebelde y autogestiva de Borola.

Un matrimonio que vive en el callejón del Cuajo, en una vecindad de las antiguas, cuando había quinto patio, como cantó Emilio Tuero, y que ahora ha sido sustituida por un condominio de quinto piso.

Las imágenes de la ciudad en La Familia Burrón, cuyo primer número apareció en 1948, reproducen diversos espacios urbanos, lo mismo las mansiones de chorromillonarios como la tía Cristeta o la familia de los Tinoco, cuyo junior, el Tractor, es un populista amigo de la familia Burrón, hasta los barrios más marginales donde vive, en una pocilga, don Briagoberto Memelas y su amada, la Divina Chuy.

La ciudad es una enorme vecindad, con parques y alamedas, con hoteles de paso para los moradores sin casa, como Ruperto Tacuche.

En la comedia humana que reproduce don Gabriel está inmersa la tragicomedia mexicana, la estética de lo cotidiano, la microhistoria de la vida de vecindad, bajo el infierno y el cielo de México-Tenochtitlan, y que en pleno siglo XX es trazado con tinta china, de la de entonces, no de la de fayuca de hoy en día.

Además de la risa y el sarcasmo, debemos al trabajo de Vargas el conocimiento de un país que ha ido cambiando poco a poquito, aunque al final se mantiene igual.

La ciudad que trazó Varguitas es una urbe con su propio dialecto, con un lenguaje chilango, un poco furris, un poco elegante.

Ese microcosmos, convertido en la más grande ciudad del mundo, permitió a Vargas tener argumentos durante cerca de mil números y más de ciento veinte mil dibujos; una serie que terminó hace unos pocos meses, y que fue el anuncio definitivo del fin de la historieta.

Conocer la historia de la ciudad, tiene a Vargas como referente indiscutible, pues nos legó un retrato de la vida cotidiana, la pasión y muerte de los mexicanos; nos heredó, también, el aspecto sicológico de los chilangos, las penas, preocupaciones, dolores, alegrías, felicidad.

La obra ulterior de Gabriel Vargas puede entenderse mejor con ese primer dibujo, donde emociona el trazo inocente de un joven que ocho décadas después sigue influyendo en la vida mexicana, sobre todo en esos años cuando llegó a vender, semanalmente, medio millón de ejemplares de La Familia Burrón, lo que significaban dos millones de lectores.
Y si el fin de La Familia Burrón y ahora la muerte de su creador marcan el fin de la historieta, no es el fin de historia, mucho menos de la vida; es la oportunidad de entendernos mejor gracias a la caricatura.
Tal vez aun no se entiende que la caricatura es algo muy serio. Basta ver la obra de Vargas, para entender cuánto debemos a este genio mexicano por su obra.
Vargas se murió, La Familia Burrón también.
El eximio vate, Hugo Gutiérrez Vega, colega de Avelino Pilongano, escribió una Oda a Borola Tacuche, que concluye con una de las grandes verdades que sólo la poesía puede dar: “Sigue en esta ciudad, fuerte señora,/ pues pase lo que pase/ la vecindad enorme,/ México-Tenochtitlan, seguirá en pie/ y este su sueño ilustre seguirá bailoteando el Cuchichí”.

domingo, 15 de mayo de 2016

El profesor José Guadalupe Posada

Uno de los primeros periódicos donde
 participó Posada, en León

En cuanto se desarma el mito de Posada, este personaje crece más.

Durante muchos años se dijo que había salido de Aguascalientes por motivos políticos, en 1871. 

Nada más falso, salió buscando nuevos horizontes pues esa ciudad ya le quedaba pequeña. Su calidad, su maestría, sus sueños lo llevaron, de la mano de Trinidad Pedroza, a la pujante e industrial ciudad de León.



Llegó en 1871 y se fue hasta 1888 a la Ciudad de México, hecho un gran artista. De nuevo, León le quedaba chico, su obra ya era una genialidad para entonces. En León contrajo matrimonio con María de Jesús Vela, originaria de esa ciudad, y nació su único hijo, Juan Sabino.

En León, Posada fue profesor de litografía en la escuela secundaria. Esto escribí en mi libro La portentosa vida de Posada: 
El profe Lupe
Es evidente que el joven Posada que llegó de Aguascalientes cuando apenas andaba en los veinte años, pronto adquirió prestigio dada la gran calidad de sus impresos.
Su estancia en León coincidió con las necesidades de una ciudad vigorosa que buscaba adiestrar a sus habitantes.
En ese ámbito el gobierno instauró la Escuela de Instrucción Secundaria e implantó en sus planes de estudio diversos oficios, para lo cual se abrieron talleres de imprenta, encuadernación y litografía.
José Guadalupe fue invitado a impartir la clase de litografía, comenzando el 15 de enero de 1884, pocas semanas antes de cumplir 32 años y permaneció oficialmente hasta el 20 de enero de 1888,  fecha en que el gobierno de Guanajuato comunicó la aceptación de la renuncia planteada doce días antes.

Este esplendido mapa de la ciudad de León fue realizado por el profesor Posada y sus alumnos.

Así que este 15 de mayo, día del maestro, también hay que felicitar a este gigante del arte mexicano.

domingo, 8 de mayo de 2016

La invención de la imagen del Padre de la Patria




UN día como hoy, 8 de mayo de 1753, nació don Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla y Gallaga, a quien todos conocemos y, debiéramos, recordar como el Padre de la Patria.




Vivió en una época donde no había fotografía y, al ser perseguido, nadie se percató de retratarlo, o al menos no se conoce imagen alguna (o por lo menos yo no conozco)

Su imagen, por tanto, ha sido inventada.

En 1826, el italiano Claudio Linati nos regaló dos imágenes irreconocibles, de acuerdo a la iconografía oficial, que ahora muestro, y que aparecieron en El Iris, periódico crítico y literario.

Más tarde, se fue construyendo una imagen de un viejecito bueno y dulce. 

Posada realizó una veintena de imágenes, algunas de ellas las montamos juntas, como un ejercicio museográfico, hace un par de años dentro de la exposición que curé en el Museo Nacional de la Estampa.







Acá se las dejó: dos ellas aparecen en la Biblioteca del Niño Mexicano y, las otras, fueron impresas en el taller de Antonio Vanegas Arroyo.


Recordemos a don Miguel en estos días de amnesia histórica-social.



miércoles, 4 de mayo de 2016

Historia e historieta: Memín y Borola en el Diario de Ciudad Juárez

Contarán su historia

Edlin Ortiz
El Diario | Miércoles 04 Mayo 2016 | 00:00:00 hrs

Diego Ozaeta/El Diario | Imagen Galeria

Diego Ozaeta/El Diario |

En junio, el Museo de la Revolución en la Frontera tendrá a Memín Pinguín como invitado especial a través de la exposición ‘Memín Pinguín: México a través de la Historieta’.
Pero antes de poder recordar a este noble y pícaro personaje de las historietas mexicanas, el Muref ofrece hoy una plática para conocer qué hay detrás de este ícono de la cultura mexicana, con la charla ‘Breve Recorrido Histórico de la Caricatura y la Historieta en México. Borola Tacuche y Memín Pinguín, Dos Figuras Eternas’, a cargo del investigador Agustín Sánchez González.

A las 7:00 de la tarde, el historiador de la UNAM e investigador del Instituto Nacional de Bellas Artes, hablará sobre el origen de la caricatura en México y de la influencia que este elemento tuvo al grado de ser considerado como una forma de alfabetización.

En entrevista con El Diario, Agustín remarcó la importancia y alcance de la historieta en México, aspecto que también tocará en su conferencia, ya que los tirajes de historias como ‘La Familia Burrón’, ‘Jilemón Metralla y Bomba’ alcanzaban el medio millón de impresiones y eran leídos por dos millones y medio de mexicanos, aproximadamente.

Agustín también hablará sobre cómo en un inicio, allá por los años 40 el personaje de Memín Pinguín no tuvo el éxito que ahora todos conocemos, sino hasta los años 60, cuando su creadora Yolanda Vargas Dulché, invitó al caricaturista Sixto Valencia a crear al Memín que actualmente se conoce.

El investigador Agustín Sánchez, quien cuenta con más de una treintena de libros publicados sobre la historieta en México, adelantó que para la exposición compartirá con el público piezas originales de Memín Pinguín y 12 piezas originales en técnica aguada (mezcla de tinta china con agua) para que los asistentes puedan leer y conocer a este personaje.

Los timbres postales que se crearon en el 2005 con la imagen de Memín Pinguín son otros de los elementos que el experto compartirá con los fronterizos y recordó que en su momento causaron polémica, alzando su precio hasta los 2 mil pesos.

Agustín también señaló la problemática de la historieta en México al determinar que nadie las toma en serio. “Yo pienso que en la medida que entendamos el impacto que tiene la caricatura nos va a permitir entender lo que somos los mexicanos” y lamentó que muchos de los originales de las historietas se hayan perdido.

El investigador adelantó que buscan hacer de la exposición de junio, una muestra didáctica y a través de estos elementos de la cultura popular nacional defender las tradiciones y la cultura mexicanas.
http://diario.mx/Espectaculos/2016-05-03_2cd981c6/contaran-su-historia/#DmxBox[galeria1]/1/

‘La portentosa vida de José Guadalupe Posada’

‘La portentosa vida de José Guadalupe Posada’ Posted by  PATRICIA GUAJARDO Date:  diciembre 11, 2017 in:  La Gualdra La ...

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